Extracto de mural pintado por Eusebio Lázaro, artista indígena de Rey Curré

 

Principal Arriba CEDIN Contenidos Comentarios Búsqueda EMAIL

Colonización y rebeliones
 

III. Colonización hispánica, rebeliones indígenas y misioneros en el siglo diecisiete

Iniciado el siglo diecisiete y afianzados de manera estable los colonos españoles en la región del Valle Central interior del país y en la región del Pacífico central (ciudad de Esparza) otro gobernador intentaría implantar un núcleo de colonización en la región del Caribe sur. Fue así como en el año de 1605, el gobernador, don Juan de Ocón y Trillo comisionó a dos capitanes la conquista y pacificación de los indígenas de Tierra Adentro, nombre que empezaba a emplearse para designar la región del Caribe sur. Las intenciones de los españoles eran dobles. Por un lado buscaban tener acceso a las áreas que concentraban yacimientos auríferos, así como a las numerosas poblaciones indígenas de esta región. Por otro lado, establecer un asiento colonizador en la costa del Caribe sur era crucial para los colonos dada la cercanía de esta zona del importante puerto de Portobelo, en Panamá, centro neurálgico del comercio entre España y el Virreinato del Perú.

La tropa de soldados enviada desde Cartago entró en la denominada provincia de Ateo, donde los españoles establecieron un campamento militar al que llamaron Real de Viceíta. Desde este punto lanzaron columnas de soldados destinadas a capturar a los jefes indígenas de la zona. Luego de realizar diversas correrías en la región y de lograrse la captura de algunos caciques, los españoles tomaron la decisión de fundar allí una ciudad, en la margen derecha del río Tarire o Sixaola la que llamaron Santiago de Talamanca, en un sitio que los indígenas denominaban Suretka.

La fundación de la ciudad de Santiago de Talamanca no garantizó el sometimiento de las poblaciones indígenas de la región del Caribe sur. Por el contrario, en los territorios aledaños a la Bahía del Almirante comenzaron los indígenas a organizar la resistencia contra los invasores. Entonces a partir del año de 1607 los españoles enviarían desde Cartago soldados y pertrechos militares a fin de reforzar la presencia de los hispanos en la nueva ciudad. No obstante, para emprender la conquista de estos territorios era necesario destinar ingentes recursos y enviar gran número de soldados para someter a las belicosas poblaciones.

Los vecinos de Santiago de Talamanca obligaron a los indígenas que habían logrado someter, a construir una fortificación que llamaron San Idelfonso donde buscarían protección en caso de ataque. Mientras tanto, muchos de los indígenas que los españoles habían dominado empezaron a huir abrumados por el trabajo excesivo. Los españoles respondieron enviando columnas de soldados hacia las zonas donde se habían refugiado estos indígenas con el fin de reprimir y capturar los que cayeran en sus manos. Estos últimos fueron sometidos a grandes torturas, pues les fueron cortadas sus orejas.

Desde la perspectiva de los indígenas, el establecimiento de la ciudad de Santiago de Talamanca primero y las acciones llevadas a cabo por los españoles provocaron una alteración del orden social tradicional y trastornaron la concepción del orden cósmico de los indígenas. Es decir, quebraron el nomos social y cósmico de los autóctonos, el conjunto articulado de significados de su mundo, que integraba tanto el orden social como la concepción del universo creando un caos o anomia.

Para los indígenas, quienes organizaban su vida de acuerdo a una concepción del tiempo regido por su particular interpretación de la naturaleza y las exigencias del ciclo agrícola de sus cultivos, como ha destacado Eugenia Ibarra, la dominación española significó la violenta imposición de un calendario administrativo, religioso y ceremonial así como una interrupción de los procesos de trabajo autóctonos. [i]

Como consecuencia de esta situación se creó en la región un “desorden cósmico”, el cual sólo desaparecería con la expulsión de los españoles para así reestablecer el nomos anterior. A partir de este momento la religión tradicional ocupó un papel de primer orden.

Por medio de revelaciones proféticas los chamanes lograron concertar la acción unificada de las diversas etnias indígenas que habitaban en la región de Talamanca. Los conflictos interétnicos que habían dividido a las poblaciones indígenas y facilitado la implantación de los españoles fueron superados para dar paso a la unión contra el invasor. Los indígenas establecieron alianzas y formaron confederaciones; la documentación española indica que un líder religioso de la región, un chamán o usékar, de nombre Guaycorá, fue quien logró confederar las etnias de los Viceítas, los Ateos, los Terbis o Térrabes y los Cabécaras.

En las sociedades tradicionales los chamanes establecen el enlace entre el pueblo y los espíritus sobrenaturales a los que se les atribuyen poderes en la dirección y gobierno de los asuntos humanos. Gracias a diversos medios como el aislamiento y el ayuno, los chamanes intencionalmente entran en estados de “trance”, “éxtasis” y obtienen “visiones” por medio de los cuales “conversan” con estas fuerzas sobrenaturales que representan “las fuerzas de transformación” . Los chamanes, en “estados de trance”, pueden comunicar con los espíritus quienes les dotan de poder y los instruyen sobre lo que deben hacer para la “regeneración del orden social” dislocado por la presencia de fuerzas extrañas a la comunidad, en este caso los invasores españoles. De esta forma la religión tradicional actúa como aglutinadora de esfuerzos y disparador de las acciones de los indígenas orientadas a expulsar los invasores portadores del caos. [ii]

En la madrugada del 29 de julio de 1610 una fuerza de guerreros indígenas sorprendió a los españoles que formaban parte de una columna de soldados. Entretanto, otro grupo de indígenas atacó a los españoles que habían permanecido en la ciudad de Santiago de Talamanca. La colonia la integraban hombres, mujeres y niños quienes en número de 120 lograron refugiarse en la fortificación de San Ildefonso, resistiendo a duras penas el ataque. Los indígenas trataron de incendiar el fuerte lanzándole flechas incendiadas, aunque no lograron su objetivo. Ante la gravedad de la situación los sitiados enviaron un mensajero hacia la ciudad de Cartago para solicitar auxilio.

El 8 de agosto de 1610, el gobernador improvisó una expedición de soldados, la cual se puso en marcha al día siguiente. Tan pronto los soldados llegaron a Santiago de Talamanca organizaron la retirada de los 120 colonos, quienes perseguidos por los indígenas emprendieron la huída a Cartago. De esta forma fracasó el último intento de colonización hispánica en la región del Caribe sur de Costa Rica.

El triunfo de los indígenas del territorio de Talamanca tuvo importantes consecuencias para los autóctonos pues fortaleció su confianza en sus posibilidades para enfrentar a los invasores españoles. Es probable que los chamanes convencieran a las poblaciones de distintas etnias de la necesidad de unirse para expulsar a los invasores. Después de la huída de los españoles de su núcleo de colonización en Santiago de Talamanca, los indígenas de esta región se convirtieron en una fuerza permanente de resistencia, capaz de influir en lo social y lo religioso en los territorios vecinos sometidos a las instituciones políticas y económicas coloniales. En adelante Talamanca fue una fuente de apoyo moral y de reforzamiento ideológico de los jefes religiosos indígenas, quienes contribuyeron de manera decisiva a mantener el espíritu rebelde entre las poblaciones sometidas al yugo colonial. Así se explica cómo los habitantes del pueblo de Tariaca quienes originalmente no participaron en la sublevación se sumaron a los rebeldes después que estos vencieron a los españoles en Santiago de Talamanca e igualmente provocó la deserción de indígenas de reducciones recién fundadas cerca de la villa de Alanje en Panamá.[iii] Para detener otros posibles ataques los españoles establecieron en 1613 un presidio o fortaleza en Tariaca.

En 1615, la guarnición de soldados españoles instalada en el pueblo fronterizo de Tariaca fue objeto de un nuevo ataque por parte de los guerreros indígenas. Aparentemente desde dos años atrás un líder indígena el BLu Coreneo venía fomentando la resistencia contra los españoles. Entonces, desde Cartago los españoles enviaron una columna de soldados para reprimir la rebelión, con lo que lograron capturar a un jefe de los guerreros autóctonos llamado Carebe, quien sería condenado a muerte. No obstante, los indígenas continuarían su ofensiva. Es probable que los líderes religiosos consideraran que el momento era propicio para expulsar a los españoles de sus territorios ancestrales. Fue así como en el año siguiente (1616), una nueva insurrección jefeada por el cacique Xora trató de cercar a los españoles en San Mateo de Chirripó, adonde se había trasladado la guarnición de soldados expulsada de Tariaca. De nuevo, los soldados españoles se replegaron hacia el pueblo de Teotique. La llegada de refuerzos enviados desde Cartago permitió a los españoles lanzar un contrataque. Xora y otros líderes indígenas fueron entonces capturados por los españoles y condenados a muerte, mientras que otros 80 indígenas rebeldes capturados serían concentrados en la reducción de San Juan de Auyaque.[iv] Después de sofocada esta rebelión, un destacamento de 20 soldados permaneció nuevamente en Tariaca. La intención de los españoles era dominar no sólo por la fuerza de las armas. Entonces enviaron a los frailes misioneros para evangelizar a los indígenas y contrarrestar el poder ideológico y religioso de los chamanes indígenas. A partir de San Mateo de Chirripó y con la protección de los soldados, los frailes iniciaron su labor de evangelización edificando pequeñas iglesias y congregando a los indígenas en pueblos de reducción. Pero era significativo el odio que los aborígenes insumisos sentían por la nueva religión predicada por los misioneros, pues en ella veían la fuerza que intentaba acabar con su modo de vivir tradicional, con su cultura, con su independencia. La suerte que habían corrido las poblaciones pacificadas era la mejor prueba al respecto. Entonces los indígenas volverían a rebelarse en 1618. En esta ocasión se confederaron las etnias Aoyaques, Cureros y Hebenas, quienes atacaron sorpresivamente las poblaciones de reducción de San Juan Aoyaque, Santa Catalina Hamea y San Francisco Guycirí. El fraile franciscano fray Rodrigo Pérez murió como consecuencia del ataque, logrando salvar la vida el fraile Francisco Muriel guardián en el pueblo de Chirripó. Este ataque se llevó a cabo por instigación de un cacique indígena de nombre Juan Serrabá y de otra serie de líderes autóctonos de la región, quienes se habían aliado con este cacique.

Los indígenas rebeldes, una vez llevado a cabo el ataque, procedieron a exhumar los cadáveres de aquellos de los suyos que habían sido enterrados según los ritos cristianos, a fin de ofrecerles funerales de acuerdo a su propia religión. También los ornamentos de las iglesias fueron repartidos entre los jefes indígenas participantes en la rebelión. Tales acciones ponen de manifiesto el carácter ideológico/religioso del enfrentamiento. En este sentido puede considerarse este movimiento de resistencia como de carácter “redentivo” o de regeneración del orden social, el cual había sido alterado por la presencia de los colonizadores de origen foráneo.[v] Es decir, los indígenas buscaban un cambio social, en el que los españoles serían expulsados de sus territorios y en el que la sociedad indígena volvería a ser cómo antes. Los chamanes y los caciques intentaban eliminar el dominio español mediante el rechazo de los símbolos cristianos destacando el poder de su propia religión, señalando el advenimiento de un tiempo propicio para deshacerse de los extranjeros.

La ofensiva de los indígenas obligó a los españoles a retroceder, por lo que la frontera que separaba las áreas “pacificadas” de las que se encontraban bajo soberanía indígena se trasladó del anterior poblado de Tariaca al de San Mateo de Chirripó.[vi]

El gobernador Alonso de Castilla y Guzmán, quien llegó a Cartago en junio de 1619, organizó una expedición para someter a los indígenas rebeldes. Con el fin de reclutar hombres en Cartago, ofreció distribuir entre los vecinos de esta ciudad los indígenas que se lograran capturar en dicha expedición. En setiembre de dicho año el gobernador se encontraba ya en el presidio de San Mateo de Chirripó. Allí pasaría revista a la tropa integrada por 46 hombres. Finalmente estableció un campamento en la orilla del río Tarire, donde -mediante una estratagema- logró capturar gran número de indígenas. También organizó varias columnas expeditivas con el fin de “correr la tierra” y apoderarse de más indígenas. Por medio de estas acciones los españoles capturaron unos 400 indígenas de ambos sexos y de todas edades. Logrado este propósito el gobernador Castilla y Guzmán envió los prisioneros amarrados y fuertemente custodiados hacia Cartago donde fueron encerrados en la iglesia de La Soledad, la cual había sido edificada recientemente en las afueras de esta ciudad. Como consecuencia del pésimo trato recibido en el largo viaje desde Talamanca hasta Cartago, murieron alrededor de la tercera parte de estos indígenas. Los sobrevivientes fueron repartidos entre los vecinos principales que habían participado en la expedición.

Las autoridades coloniales de Cartago montaron un elaborado proceso y un macabro ritual con el fin de escarmentar las poblaciones indígenas que se habían rebelado en 1616. En primer lugar fueron condenados todos los indios principales y el común de las poblaciones de los Cureros y Aoyaques. A sus poblados se le impuso la pena de ser completamente arrasados y “sembrados de sal”, imponiéndose a sus habitantes no volver a sus tierras, so pena de muerte. A los jefes indígenas se les condenó a morir. Los documentos españoles recogen los nombres de los que murieron en la horca: Juan Serrabá, Francisco Cagsi, Diego Hebena, Francisco Muchú, Yiriquirá, Mateo Catebá, Diego Areucará, Lucaz Noariz, Duará, Quiroduxará, Juan Ibaczará y Bicará. La intención original era que los tres primeros muriesen en la hoguera. No obstante, “por la incomodidad de los señores sacerdotes que han de ir confesando a los reos y ayudándoles a bien morir”, se les dio “la gracia de no ser arrastrados los cuerpos vivos”, sino que fueron quemados después de su muerte en la horca.[vii] Los españoles creían que el terror sería un buen método para sujetar a las indómitas poblaciones del sur del país. Por ello, después de muertos, las cabezas de estos jefes indígenas fueron  cortadas de los cuerpos, dándose la orden que fuesen colocadas en las plazas de los pueblos de reducción en esta región, nombrados Guicirí, Hameas, así como en el camino entre Chirripó y Guicirí.

En cuanto a los otros condenados a muerte, se permitió que sus cuerpos fuesen enterrados en Cartago. No obstante, sus cabezas corrieron igual suerte que la de los otros indígenas, ya que se ordenó también su colocación en otras poblaciones indígenas, “a la entrada de Cot, (...) en los altos del camino de Ujarráz, en la plaza de Aoyaque, entrada del pueblo de los Catapas y en la entrada del pueblo de Abangares”. Era evidente que la colocación de las cabezas de los martirizados, en distintos puntos de la geografía del país, tenía el fin claramente explícito de impedir que la rebelión de los indígenas de la región del Caribe sur pudiese ser imitada por otros autóctonos. Pero la represión no se detuvo aquí. A cuatro indígenas más se les condenó a la amputación de su pie derecho, en tanto que a otros se les condenó a servir a los religiosos en la ciudad de Cartago. El suplicio de los condenados se ejecutó delante de los prisioneros aoyaques, cureros y hebenos, así como de otros muchos indígenas de la región central del país.

A pesar de los anteriores actos de represión, la región del Caribe sur continuó indómita. Primero, porque varios jefes indígenas habían logrado escapar y se mantenían rebeldes en las montañas. Entre estos se encontraban, Francisco Dundore o Duadore, Cabeuras, Domingo Cabaribá o Calirrabá, Encabucho o Encabrizo y Abarí. Segundo, porque los intentos de fundar nuevos pueblos de reducción en la región del Caribe fracasaron completamente, así como la prohibición de que los Aoyaques volviesen a vivir en su antigua población. [viii]

Al tiempo que los españoles organizaron la fracasada ofensiva en Talamanca, también intentaron penetrar en la región de las llanuras del Norte con la intención de colonizar el territorio de los indígenas Votos. Un informe elaborado en enero de 1620 señalaba el potencial de riqueza de estas llanuras; no obstante pasarían dos décadas antes de que se realizara una expedición de colonización hacia estos territorios. Nuevos intentos de apoderarse de la región del Caribe Sur fueron organizados por el gobernador Gregorio de Sandoval el año de 1638, quien en carta que escribió al rey le proponía someter el territorio donde tantos colonizadores habían fracasado. Sus intenciones eran las de fundar dos núcleos de colonización, uno en el valle del Duy y otro en el del Guaymí. Pero sólo sabemos que logró penetrar en la región en 1640, estableciendo un pueblo llamado San Salvador, con indígenas Aoyaques, cerca de Chirripó, en la jurisdicción de Tierra Adentro. Allí los españoles levantaron una capilla y un fraile quedó a cargo de la misma.

El mismo año de 1638 se llevó a cabo una entrada al territorio de los Votos en las llanuras del norte del país. El capitán Hernando de Sibaja, al mando de una pequeña columna integrada por 19 soldados atravesó las montañas del Volcán Barva, llegando a orillas de los ríos Cutrís y Toro Amarillo (Tori ). Sibaja regresó de su campaña con 56 indígenas prisoneros. Al año siguiente, alentado por la exitosa expedición de Sibaja, el rico encomendero Jerónimo de Retes organizaría una nueva entrada a este territorio. Al mando de 49 soldados cruzó las montañas del volcán Barva, llegó a las llanuras del río Cutrís continuando su marcha hasta alcanzar las tierras de un cacique llamado Pococí. En el palenque que gobernaba este cacique, los españoles contabilizaron unos 190 indígenas de ambos sexos. En la confluencia de los ríos San Carlos y San Juan, Retes fundaría una población a la que bautizó con el nombre de San Jerónimo de los Votos. La intención de Retes era utilizar este poblado como punto de colonización del territoro de los Votos y, al mismo tiempo, abrir una vía de comunicación entre el interior del país y el río San Juan, importante ruta de comercio donde navegaban las embarcaciones que realizaban la carrera entre Granada de Nicaragua y San Felipe de Portobelo en Panamá. Realizadas estas actividades, Retes emprendió el regreso hacia Cartago llevando consigo algunos indígenas, aduciendo que se trataba de indígenas escapados del Valle Central. Pero al final, el proyecto de Retes fracasó pues las autoridades coloniales se opusieron a sus planes. Entonces la empresa colonizadora en esta región fue definitivamente abandonada.[ix]

Después del abandono de los proyectos de Jerónimo de Retes en la región de los Votos, los esfuerzos de conquista volverían a concentrarse en la región del Caribe. Para la élite de origen hispánico, la falta de mano de obra indígena en el área central era un problema acuciante. Durante la segunda mitad del siglo diecisiete, la población autóctona bajo control español se redujo drásticamente. La documentación abunda en referencias al mal tratamiento a que eran sometidos los indígenas en faenas agrícolas agotadoras, así como respecto a las exacciones sufridas a manos de los encomenderos. No es de extrañar que, dadas sus precarias condiciones de existencia, fuesen presa fácil de las enfermedades, aunque también es posible que muchos huyeran hacia Talamanca o a la región de los Votos.

El constante descenso de la población indígena encomendada fue el principal motivo que indujo a los colonizadores de Cartago a tratar de ingresar en la región de Talamanca. Pero, en el último tercio del siglo diecisiete, los españoles empezaron una nueva ofensiva en Talamanca con el fin de conseguir mano de obra para iniciar el desarrollo del cultivo del cacao en el valle de Matina, en el área del Caribe central. Una primera entrada de exploración la llevó a cabo el gobernador Andrés Arias Maldonado, quien se trasladó desde Cartago hasta la costa del Caribe, a un punto cercano al actual puerto Limón. Sin embargo, el gobernador Andrés Arias Maldonado moriría dos años después sin haber emprendido la conquista de Talamanca. No obstante su hijo, quien se desempeñaba como corregidor del pueblo indígena de Turrialba, asumió interinamente la gobernación intentando -aunque con pocos medios- someter las poblaciones indígenas del Caribe.

En el mes de abril de 1662, Arias Maldonado hijo saldría de la ciudad de Cartago al mando de una columna de sólo 10 hombres y un fraile que estaba a cargo del pueblo de reducción de San Mateo de Chirripó. Su expedición alcanzó el río Tarire(Sixaola), en cuyo margen fundó una nueva población que llamó San Bartolomé de Duqueiba (más tarde San Bartolomé de Urinama, en las sabanas de Auyaque), con indígenas procedentes de 7 diferentes tribus, a saber: Ciruros, Duqueiba, Uruscaras, Moyaguas, Xicaguas y dos procedentes del Valle del Duy. En la nueva población de reducción fue erigida una iglesia y aceptaron la soberanía española alrededor de 1.200 indígenas.[x] Cabe preguntarse las razones por las cuales los aborígenes de esta región cambiaron aparentemente su disposición frente a los españoles.

Las incursiones en la región del Caribe de ingleses y de franceses, desde la década de 1660 a quienes se unirían poco después los misquitos de la costa Atlántica de Nicaragua, tendrían como objetivo la captura de indígenas para convertirlos en esclavos y llevarlos hacia las plantaciones de azúcar que los ingleses comenzaban a desarrollar en la isla de Jamaica. Hacia 1669 el gobernador inglés de esta isla decía que muchos de los piratas en el Caribe se estaban dedicando al comercio, intercambiando diversos productos con los misquitos, adquiriendo de ellos indígenas aprisionados que luego eran vendidos a los propietarios de plantaciones de Jamaica.[xi]

La amenaza de estas incursiones en la costa llevó a los indígenas del Caribe a una situación extrema, por lo que estuvieron dispuestos a ponerse bajo la soberanía española, pues como diría años más tarde un fraile:

“estimaban por menos cruel el doblegarse a su doctrina que el continuar expuestos a las piraterías y depredaciones de mosquitos e ingleses”.

La sumisión de los indígenas a los españoles no se mantendría mucho tiempo, pues instigados por sus líderes religiosos, numerosos guerreros indígenas atacaron a los escasos españoles que se encontraban en la región. Estos se refugiaron en una casa fuerte que habían levantado en Duqueiba, al tiempo que solicitaron refuerzos a la ciudad de Cartago. Entonces, a pesar de la reticencia de algunos miembros del cabildo, una columna de 25 soldados salió de Cartago en auxilio de los españoles sitiados. No obstante pronto se hizo evidente que tal fuerza militar no era suficiente para mantenerse en el lugar, por lo que los españoles tuvieron que regresar a Cartago. Una vez que los españoles se encontraban en Cartago se rebelaron igualmente los indígenas de Tariaca.

Un último esfuerzo por someter la región de Talamanca se llevó a cabo en 1663, cuando el gobernador Arias Maldonado (hijo) logró organizar una fuerza compuesta por 150 españoles, 30 mulatos y 125 indígenas cristianos, a quien acompañaban dos frailes franciscanos. Previamente se habían enviado 150 mulas y gran número de bueyes cargados de víveres y municiones para los expedicionarios. La expedición se detuvo primeramente en el sitio donde había sido fundado anteriormente el poblado de San Bartolomé de Duqueiba. Establecido allí un primer campamento, Arias Maldonado pasó con el grueso de sus hombres hacia el territorio de los infieles Talamancas, donde fundaría otra población a la que bautizó con el nombre de San Francisco de Conamarí. Pero muy pronto el proyecto de colonización fracasaría. La mayor parte de los soldados y oficiales desertaron el campamento instalado en Conamarí. Aunque no se conocen bien las razones de esta deserción masiva, es probable que fuese resultado de un larvado enfrentamiento de poderes. Desde el momento en que el gobernador Arias Maldonado había solicitado apoyo para su campaña militar en Talamanca topó con la tenaz oposición de algunos miembros del cabildo de la ciudad de Cartago. Quizás algunos encomenderos de esta ciudad no estaban dispuestos a que se abriese otro centro de colonización en la región del Caribe sur, por la competencia que una nueva zona de producción podría causar en su ya menguado comercio de exportación de abastos hacia el istmo panameño. De esta forma se hundió el último intento de envergadura por someter el territorio de Talamanca.

Después de la fracasada expedición de Arias Maldonado, desde Cartago se organizaron algunas entradas tanto a Talamanca como a la región de las llanuras de Guatuso con el fin de capturar indígenas para forzosamente trasladarlos hacia las plantaciones de cacao en el Valle de Matina. Este fue el objetivo de una expedición dirigida por el capitán Diego de Zúñiga, quien en 1665 trasladó 94 indígenas Votos hacia Atirro.19 También, desde 1675, empezó una ofensiva de los frailes misioneros en Talamanca que comenzaron a organizar pueblos de reducción. En 1675 fray Juan de Matamoros, religioso franciscano, “cura doctrinero por real patronato del partido de Chirripó e indios Urinama de la Talamanca”, informaba que había bautizado a 112 indígenas, hombres, mujeres y niños, de:

“las naciones Cavécaras, Nacuebas, Cirurus, Chicaguas, Tariquí, Tarici, Urinamas, Urarubos, que se comprenden en la Talamanca, de la parte del río Tariri a la de la mar del norte hasta el río de la Estrella; y quedan por catequizar y bautizar al pie de 500 familias de dichas naciones que (...) están reducidas, y los así bautizados quedan poblados en los pueblos de Cururu y Conamara.”

A pesar del avance misional, al año siguiente se rebelaron los Urinamas amenazando la reducción de San Mateo de Chirripó, cabecera del partido de Tierra Adentro y de las misiones de Talamanca. Estos indígenas se sublevaron huyendo algunos a las zonas montañosas. A fin de reprimirlos, se envió desde Cartago una columna de 50 soldados al mando del capitán Antonio Pacheco.

La constante rebelión de los indígenas de Talamanca en estos año era consecuencia de la fuerte explotación a la que eran sometidos en las haciendas cacaoteras de Matina, en plena expansión en estos años. Según un informe:

“ .... el dicho don Miguel Gomes de Lara (Gobernador de Costa Rica) por mano del capitán Francisco de Bonilla su lugartheniente que fue del valle de Matina hazía repartimiento de los yndios del Pueblo de Urinama a los dueños de haziendas de cacao en dicho valle, remudados cada tres meses y por cada yndio le davan un zurrón de cacao de veinte y cinco pesos al dicho theniente para el dicho Governador y que dicho theniente le hizo (con estos indígenas) una Hazienda de cacaguatal al dicho don Miguel Gomes de Lara quien la bendió al capitán don Joseph Perez de Muro, vecino de la ciudad (de Cartago)”.

Como consecuencia de la presión constante de los españoles, tanto de soldados como de misioneros, los indígenas de Talamanca terminarían por organizar una nueva rebelión generalizada. Esta se lleva a cabo ya iniciado el siglo dieciocho, la cual pondría fin al avance misional iniciado en el último tercio del siglo diecisiete. En setiembre de 1709 bajo la dirección de los jefes indígenas Comesala y Pablo Presbere, un numeroso grupo de guerreros indígenas atacó sorpresivamente a los españoles. Durante el ataque, las reducciones misionales de Cabécar, Urinama y Chirripó fueron destruidas.

Es poca la información documental disponible para ubicar las figuras de estos líderes indígenas en su contexto cultural. Sabemos que Prebere fue “cacique” de la parcialidad de Suinsi, tal como lo indican las fuentes españolas. Este sitio hoy día se considera que corresponde al actual Suinxy o Tswi´tsi, que está en la margen derecha del río Coén y a unos cinco kilómetros al este de San José Cabécar. De acuerdo con una investigación reciente, Presbere no fue un guerrero, a pesar de que así aparezca en la documentación y de ser el líder de una revuelta armada. Lo más probable es que su actividad como líder estuviese asociada con rituales mágicos y no con la guerra.

Como lo consignaron los propios frailes, antes de 1706, cuando los misioneros entraron con soldados armados, Presbere había rehusado el bautismo y había mostrado una gran oposición a los misioneros. Si al final aceptó el bautizo con el nombre de Pablo se debió probablemente a la amenaza representada por esta fuerza militar. Su oposición al bautizo y a la labor misional de los frailes derivaba probablemente de su función como chamán de los bribris. De ahí que disponía del poder de desatar las fuerzas mágicas y por medio de éstas convocar y dirigir la rebelión que imponían las circunstancias a los indígenas.

De ambos caciques Presbere era entonces el más importante en tanto que poseedor de las facultades psíquicas especiales de los chamanes, capaces de ejercer influencia sobre el curso de los acontecimientos. Sobre Comesala es poco lo que las fuentes indican. Era cabécar y cacique en el poblado que los frailes llamaron Santo Domingo. Los indígenas organizan la rebelión pues se encontraban en situación desesperada en vista de que los misioneros tenían intenciones de despoblar Talamanca y trasladar sus pobladores hacia el Valle Central y el valle de Diquís.26 Ambos líderes indígenas concentraron sus fuerzas en Suinsi, sin despertar la sospecha de los españoles. De aquí se dirigieron con un grupo de guerreros indígenas cabécaras y terbis hacia el poblado de San Bartolomé de Urinama, donde se encontraba fray Pablo de Rebullida, al que atacaron sorpresivamente. En el ataque pereció este fraile y dos soldados que le acompañaban.

Luego, el jefe Comesala, con los indígenas de Santo Domingo dieron muerte a fray Antonio de Zamora, a dos soldados, la mujer y el hijo de uno de ellos. Posteriormente, el día 28 de setiembre, una numerosa fuerza de indígenas procedentes de los pueblos de San Buenaventura, la Santísima Trinidad, San Miguel, San Agustín y los de Jesús, armados de lanzas y broqueles atacaron el pueblo cabécar de San Juan donde se encontraba fray Antonio de Andrade en compañía del grueso de la tropa española. Cinco soldados perecieron en el enfrentamiento, logrando el resto huir a duras penas hacia el pueblo de Tuis, para luego trasladarse a Cartago. Una vez que los españoles se retiraron, los indígenas dieron fuego a catorce iglesias fundadas por los misioneros, los conventos y las casas de cabildo, así como destruyeron las imágenes y objetos sagrados de los misioneros. Tan sólo se salvaron las dos iglesias de Viceíta, pues los indígenas de esta nación no participaron en el alzamiento.

En respuesta al ataque de los indígenas, el gobernador de Costa Rica preparó una gran expedición militar. No obstante como no había suficientes implementos militares, pidió ayuda a la Audiencia de Guatemala. Fue así como a principios de 1710 se disponía ya en Cartago de un arsenal adecuado y de financiamiento para lanzar hacia Talamanca una considerable tropa de soldados. El gobernador Lorenzo de la Granda y Balbín preparó un plan destinado a atacar Talamanca por dos frentes: En tanto una fuerza compuesta por ochenta soldados salió directamente con rumbo a Talamanca por el camino de Chirripó, el gobernador, acompañado del fraile Antonio de Andrade se dirigió hacia el pueblo de Boruca a la cabeza de 120 soldados. Allí emitió la siguiente proclama dirigida a los indígenas:

 “...en cumplimiento de orden que tengo del gobierno superior de Guatemala para entrar a castigar a los indios rebeldes de las montañas de Talamanca (...) hago saber (...) que a los que vinieren a dar la obediencia al gobernador y capitán general del rey (...) les ofrezco en su real nombre el perdón en aquello en que hubieren delinquido, y a los que no vinieren los publico, por rebeldía, traidores a ambas majestades, que son merecedores de quemarlos vivos, como lo experimentarán en la guerra que desde luego les publico a todos los que no vinieren a dar la obediencia al rey mi señor (...)”.

Emitida esta proclama “a son de caja y trompeta” el gobernador hizo abrir un sendero en la montaña para comunicar Boruca con Viceíta, al otro lado de la cordillera. Aquí los indígenas prefirieron ponerse de parte de los españoles, lo que le permitió al gobernador pasar hacia Cabécar donde luego se le unió la fuerza militar que había ingresado por el camino de Chirripó, enfrentando la resistencia de los indígenas. En este pueblo los españoles establecieron su cuartel general emprendiendo numerosas correrías hacia las tierras de los indígenas rebeldes, logrando capturar a unos 700 indígenas, incluido el jefe indígena Presbere. No obstante el cacique Comesala y otros indígenas lograron escapar escondiéndose en las escarpadas montañas. A pesar de que se les había ofrecido la paz a los rebeldes si se rendían, éstos prefirieron dar fuego a sus casas y huir al tiempo que implantaban numerosas trampas de estacadas.

Después de permanecer varios meses en las montañas de Talamanca, en el mes de junio los españoles emprendieron el regreso hacia Cartago, alegando no poder permanecer más en la región por “la fragosidad de las montañas y entrada del invierno”. En el camino hacia Cartago perecieron y huyeron alrededor de 200 indígenas, de manera que a esta ciudad llegaron unos 500. Tal como lo había ofrecido el gobernador estos indígenas fueron repartidos entre los expedicionarios a fin de que los empleasen “para su servicio personal”. Es evidente que la represión organizada contra las poblaciones indígenas de Talamanca tenía como principal objetivo el aprovechar el apoyo financiero y en armamentos dado por la Audiencia de Guatemala a fin de capturar mano de obra para emplearla en las explotaciones agropecuarias de los españoles en el Valle Central. No hay duda que estos indígenas fueron tratados duramente pues nueve años más tarde de los 500 indígenas traídos quedaban, según testimonio del gobernador Haya Fernández, solamente 200. Respecto al cacique Presbere, se le siguió juicio en Cartago, siendo condenado a la pena capital. Murió arcabuceado en esta ciudad el 4 de julio de 1710. Luego se ordenó que se le cortase la cabeza la cual fue puesta en lo alto de un palo para que sirviese de escarmiento “a todos los indígenas de esta provincia”. Es decir los españoles continuaron empleando el terror como medio de represión.

Después de la sublevación indígena y de la represión subsiguiente, los frailes iniciaron gestiones para reanudar las misiones en Talamanca. No obstante, toparon con la negativa del obispo de Nicaragua y Costa Rica quien achacó el fracaso de la evangelización en Talamanca “a la ignorancia de los recoletos y al excesivo rigor de los observantes”. Por razones que desconocemos, este obispo deseaba que la evangelización la llevasen a cabo los jesuitas, por lo que se opuso a los proyectos de los franciscanos recoletos.

No obstante, también es cierto que quedó demostrado que los españoles sólo podrían controlar la región si mantenían una numerosa tropa de soldados en este territorio, lo que no estaban en condiciones de financiar. Fue así como Talamanca quedaría nuevamente al margen de la colonización hispánica. Para los indígenas, a pesar de la fuerte represión y captura de varios centenares de los integrantes de sus comunidades, la rebelión fue un éxito pues en adelante los españoles no pudieron emplear más a los indígenas en las plantaciones de cacao en el valle de Matina y lograron mantener a Talamanca como zona donde prevalecería la soberanía de los autóctonos hasta finales del período colonial.


[i] Ibarra Rojas (1991), Op.cit., p. 17.

[ii] Vid. Alicia M. Barabas, Utopias Indias: Movimientos socioreligiosos en México, México: Ed. Grijalbo, 1987, pp. 31-33; Shamanism: An expanded view of reality (compiled by Shirley Nicholson), Wheaton, Illinois: The Theosophical Publishing House, 1987, pp. 47- 52 y Joel W. Martin, Sacred Revolt: the Muskogees Struggle for a new world, Boston: Beacon Press, 1991, pp. 17-45, 123.

[iii] Ibarra Rojas (1991), Op. cit., p. 17.

[iv] Bernardo A. Thiel, Datos cronológicos para la Historia Eclesiástica de Costa Rica. Comisión Nacional de Conmemoraciones Históricas. Reimpresión, p. 28.

[v] Para el uso de este concepto, Cf. Joel W. Martin, “Before and beyond the Sioux ghost

dance: native american prophetic movements and the study of religion”, en: Journal of

the American Academy of religion, LIX/4 (1991), pp. 677-695.

Pedro Pérez Zeledón, “Fray Rodrigo Pérez”, en Gregorio José Ramírez y otros ensayos, Ed. Costa Rica, 1975, pp. 71-87 y Claudia Quirós, La era de la encomienda. Editorial de la Universidad de Costa Rica, 1990, pp. 220-225.

[vi] Pedro Pérez Zeledón, “Fray Rodrigo Pérez”, en Gregorio José Ramírez y otros ensayos, Ed. Costa Rica, 1975, pp. 71-87 y Claudia Quirós, La era de la encomienda. Editorial de la Universidad de Costa Rica, 1990, pp. 220-225.

[vii] Pedro Pérez Zeledón, Op. cit, pp. 81.

[viii] ”Relación del castigo que el gobernador D. Alonso de Castilla y Guzmán hizo a los indios Aoyaques, Cureros y Hebenas en 1619”, en CDHCR, Tomo VIII, pp. 151-194.

[ix] ”Relación que hace el capitán Hernando de Sibaja enviado en la entrada que hizo al río

Cutris (...) población de los Votos y descubrimiento de los puertos de Juré y Cutris (...)”,

Archivo Nacional de Costa Rica, Sección Histórica, Serie Cartago No 29 (años de 1639 y

1640).

[x] Claudia Quirós, “La era de la encomienda”, p. 226 y Ricardo Fernández G. “Reseña Histórica de Talamanca”, en: El Descubrimiento y la Conquista. Editorial Costa Rica (5 edición), p. 189.M. W. Helms, “Miskito Slaving and culture contact: ethnicity and opportunity in an expanding population”. en: Journal of Anthropological Research, 39 (1983), pp. 179-197.

[xi] M. W. Helms, “Miskito Slaving and culture contact: ethnicity and opportunity in an expanding population”. en: Journal of Anthropological Research, 39 (1983), pp. 179-197.

12 M. M. Peralta, “Misiones de Talamanca 1710 a 1740”, en: Costa Rica y Colombia de 1573 a 1881: su jurisdicción y sus límites territoriales, Madrid, 1886, p. 148.

13 Thiel. Datos Cronológicos, Op. cit, p. 58.

14 CDHCR, Tomo V, p. 353.

15 Ricardo Fernández, “Reseña Histórica de Talamanca”, en: El Descubrimiento y la Conquista. Op. cit., p. 189.

16 ”Fragmentos de un testimonio de causas seguidas contra los gobernadores D. Miguel Gómez de Lara y D. Manuel de Bustamante y Vivero, y contra el Capitán Sebastián de Zamora. (1694)”, Archivos Nacionales, Sección Histórica, serie Guatemala No. 119, en Revista de los Archivos Nacionales (enero-junio 1953), números 1-6, p. 73.

17 Diversos investigadores han analizado la rebelión indígena de Talamanca en el año de 1709. Señalamos los siguientes: Ricardo Fernández Guardia, Op. cit, pp. 193-196. Carlos Roberto López Leal, Una rebelión indígena en Talamanca: Pablo Presbere y el Alzamiento General de 1709. Guatemala: Universidad de San Carlos de Guatemala, 1973. Paulino González, “La Conquista” en: Desarrollo Institucional de Costa Rica: de las Sociedades Indígenas a la crisis del 30. San José, Ed. Guayacán, 1988, pp. 108-109. Claudio Barrantes, “Los caminos de Presbere en la Epoca Colonial”, en: Comisión Nacional de Nomenclatura Relación de Actividades. San José: Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, 1985. pp. 29-34. Mario Humberto Ruiz, “Melodías para el tigre: Pablo de Rebullida y los indios de Talamanca. 1694-1709”, en: Revista de Historia (enero-junio 1991) N. 23, pp. 59-105 y Eugenia Ibarra Rojas (1991) Op. cit.

18 Claudio Barrantes, Op. cit., pp. 29-34.

19 Vid. E. Jensen, “El chamanismo como expresión de la verdadera magia”, en: Mito y Culto entre pueblos primitivos, México: Fondo de Cultura Económica, 1975, pp. 256-278.

20 Claudio Barrantes, Op. cit., p. 32.

21 Ricardo Fernández, “El Descubrimiento y la Conquista”, Op. cit., p. 193.

22 CDHCR, Tomo V, p. 472.

23 CDHCR, Tomo IX, p. 105.

24 CDHCR, Tomo V, p. 487.

25 Ibarra Rojas (1991), Op. cit., p. 34.

 

Principal ] Arriba ]

Elaborado por: CEDIN S.C. / Teléfono: (506) 8928-7165. Subvencionado con recursos propios, generados con la venta de servicios.
Periódicamente distribuimos información sobre pueblos indígenas. Para inscribirse, envíe un correo a cedin@cedin.org
Copyright © 2000. Centro para el Desarrollo Indígena. Última modificación: viernes, 23 de octubre de 2009 05:21 .