¿Engaño Literario?
Principal ] Arriba ]

 

Se anula un valor histórico, no el compromiso con las generaciones

Luko Hilje Q. (*)

Hay textos que, sobre todo por su peso sentimental, calan hondo en la gente, pero lo hacen más si provienen de escritores de renombre. Lo mostró en días pasados el novelista Sergio Ramírez, en estas mismas páginas, al advertirnos sobre la falsa paternidad de dos textos más bien melifluos, erróneamente atribuidos a Borges y a García Márquez.

¿Cuántos más habrá? No lo sé, pero puedo referirme a un caso análogo, a un célebre texto que circula en revistas y carteles y del que con frecuencia se destacan extractos en artículos conservacionistas. Supuestamente fue escrito por el jefe Seattle en 1854, y a posteriori ha sido formulado: Después de todo, quizás seamos hermanos. Es, sin duda, un hermoso canto a la naturaleza, que provoca emociones elementales e inefables en el lector. Cuando lo hallé por vez primera, en 1980, lo leí y releí (y, por supuesto, lo guardé), para sentir las palpitaciones de esa sabia y reposada voz, emergida del contacto más puro y primigenio con el mundo natural.

No obstante, hace un par de años me percaté del engaño, al toparme de súbito con la cruda revelación, justamente en un libro conservacionista. Esto me remitió a un artículo del editor de la revista Environmental Ethics (Vol. 11 (3): 195-196, 1989), quien hace una síntesis de varios autores para demostrar que el jefe Seattle nunca escribió dicho texto. Su verdadero autor fue el guionista Ted Perry, quien lo preparó para la película Home, entre 1971 y 1972. Eso sí, Perry tomó como modelo de inspiración un discurso pronunciado por el jefe Seattle entre 1853 y 1855. Él nunca pretendió crear una farsa, sino que fue el productor de Home quien, para lograr mayor fuerza emotiva, no dio el respectivo crédito a Perry en la cinta. Este es el origen de este engaño impensado, que se ha propagado mundialmente.

¿Decepción? Claro que sí, sobre todo porque se anula así el genuino valor histórico de este texto, que creíamos surgido de la raigambre misma de uno de los pueblos aborígenes de nuestro continente. Pierden así su autenticidad imágenes tan bellas y sugestivas como "La savia que discurre por los árboles porta la memoria de los pieles rojas", "Deben enseñarles a sus hijos que el suelo que pisan son las cenizas de nuestros abuelos", "La tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la tierra", o "¿Dónde está el matorral? Destruido. ¿Dónde está el águila? Desapareció. Termina la vida y empieza la supervivencia".

Sin embargo, aclaradas las cosas, es preciso reconocer que nada de esto invalida la riqueza lírica de este texto, que se nutre de esa profunda y fértil cosmovisión aborigen universal, en la cual la tutela por los dones de la naturaleza es un imperativo sagrado. Y que, por su sencillez y hondura, el texto de Perry ha sido capaz de conmover y sensibilizar a miles o millones de seres humanos en todo el planeta y, a la vez, de hacerlos más conscientes del ineludible compromiso ético que tenemos con las presentes y futuras generaciones.

(*) Entomólogo